Nuestros espejos

Lee o escucha

El busto

Ahí viene de nuevo.

Al parecer no durmió bien. Se le ve un rostro apachurrado, ojos pequeños, grandes ojeras, pelo desordenado, boca entreabierta y la oreja izquierda aplastada. Lleva puesta una playera blanca en cuello uve, muy arrugada, tal vez porque no hubo un descanso placentero; su pansa se ve caída como un costal de cinco kilos de harina sujetado a los hombros. Un short viejo, tipo bermuda floreada se sujeta a su cintura. Las sandalias donde se transportan sus pies son de esas baratas cuya superficie anterior se nota ya hundida por la marca del talón. Los dedos gordo y segundo la hacen de sujetadores en la sandalia para acompañar al pie a donde vaya.

Ahora está frente a mí.

Veo un rosto de incredulidad, insatisfacción, desánimo, pesimismo, agotamiento y derrota. Me da la impresión de que mi dueño quiere que el día no siga, que se detenga en ese preciso momento, dar la vuelta y caer al fondo del colchón. Así, conseguiría olvidar la hipoteca que no se paga desde hace 5 meses, no tendría que ir de nuevo a ese viejo y aburrido trabajo que cada vez alarga más y más la jubilación.

Lo observo con especial cuidado y no percibo una minúscula señal de motivación y entusiasmo por la vida. Su rostro, desdibujado por la depresión y el abandono lo dicen todo.

Con sus dos manos, toma un poco de agua y salpica su cara un par de veces. Su cara, que debería ser de humano, es un busto petrificado que la tristeza y soledad esculpieron aquella tarde de noviembre cuando sus emociones se sorprendieron por la tragedia.

Con un peine color negro acomoda su pelo y me mira fijamente. No hay nada nuevo en su mirada. Parecería haber solo huecos donde debería haber ojos.

Es una mirada extraviada, perdida, quien sabe en dónde. Decide retirarse y yo comenzó a contar los segundos para encontrarme, quizás nuevamente, con aquel que alguna vez me sonreía al amanecer.

La cima

Escucho la alarma y de inmediato su silencio. Una música rítmica comienza a escucharse junto con algunos ruidos que no puedo identificar. Al abrir la puerta, entra el sonido más fuerte y ahí está ella, una vez más, con esa sonrisa tan original y contagiosa que hace ver su perfecta dentadura y el brillo de sus ojos.

Ella, comienza un monólogo y yo solamente me siento a escuchar lo que sale de su voz.

Me observa con sus ojos medio cerrados y boca como en posición de “piquito”.

– ¿De modo que hoy es el gran día no?

Abre sus ojos en forma de impresión y al mismo tiempo señala con su dedo índice hacia arriba.

– ¿Estás lista para impresionar y subir a la cima?

Vuelve a usar su dedo índice como aleccionando en movimiento pendulares.

– Mírame bien, el momento está por llegar y no lo dejarás pasar como la última vez, eh.

Pone sus manos en su cintura, como super heroína, y con una voz firme y segura, dice:

– Has trabajo intenso, eres inteligente, lo mereces, tienes todo para dirigir a esa bola de holgazanes.

Medio cierra sus ojos, inhala profundo con su boca y expulsa por la nariz.

-Estoy orgullosa de ti, lo sabes, nadie puede sentir lo que estás sintiendo, ni saber exactamente por lo que estás pasando. ¿Sabes? Eres increíble, nunca imaginé que llegarías tan alto.

Comienza a silbar la música de fondo mientras se plancha su pelo. Se le nota un rostro alegre y feliz.

El bufón

Fue una noche pesada e inquieta. Pude ver como se movía alrededor de la cama y no podía encontrarse con el sueño profundo. Vi que la pasó terrible. Sonó su alarma y la postergó 4 veces, en episodios de 10 minutos. Cuando timbró por última vez, se levantó cansado. Sentado en el borde de la cama, su posición era encorvada y sus ojos cerrados, tal vez, intentando dormir algunos segundos más.

Me da pena su aspecto, pero por fin, se pone de pie y con un andar somnoliento se dirige a mí. Bosteza y ve su rostro en mí. Nadie de los que le conocen creería que es él. El tipo que les ofrece los mejores consejos para superarse y librarse de sus miserias. El conferencista, el consultor, el tipo galardonado cientos de veces, el hombre del momento, la imagen del éxito, el gurú de la felicidad. Yo veo en el rostro que está frente a mí, a un tipo sin esperanzas que olvidó recetarse la sesión de meditación para dormir mejor, esa, que está publicada en decenas de artículos para los ansiosos, depresivos y con trastorno de sueño. Solo veo lo que es, un tipo que construye su imagen con cimientos de papel carbón. Si pudiera hablarle, le diría que pisa sobre arenas movedizas y que se viste con el traje invisible que portó alguna vez un rey.

Me mira incrédulo y comienza a imitar movimientos falsos que traicionan su autenticidad. Dice con voz fingida y rostro sobreactuado:

-Buenos días, una vez más aquí con ustedes en la hora en punto, en su programa favorito mi querida familia.

Continúa usando ademanes estereotipados:

-Hoy es un día fantástico, lleno de bendiciones y felicidad para todos.

 Toma aire y continua con su fachada:

-Tendremos un programa que le va a entretener y encantar. Las mejores secciones de la televisión. Por momentos, pierdo la atención y cando regreso, alcanzo a escuchar:

-La mejor almohada, los mejores sartenes, el juguete, el maquillaje, la receta de cocina, bla, bla, bla, bla.

La noche fatal pasó al olvido. Se pone su traje de bufón y sale entusiasmado por más éxito.

Sin empatía

Son las 2 de la tarde, se está despertando; como siempre, no hay reloj ni alarma mecánica que le indique la hora exacta más que su reloj biológico. El cuerpo está tan acostumbrado a trabajar de noche y dormir parte del día, que no es necesario ningún tipo de despertador auxiliar. Hoy no será el día en que se rompan los rituales acostumbrados. Duerme de lado izquierdo y se levanta del derecho.

Sentado en la cama, pone sus pies en unas pantuflas color gris, mueve su cabeza de lado a lado, hace algunas muecas con el fin de estirar los músculos de la cara; se pone de pie, entrelaza los dedos de sus manos y las extiende junto con sus brazos al frente, mostrando las palmas de las manos e intentando tronar algunos dedos, cuando lo hace, bosteza. Camina en dirección de la ventana y recorre a la mitad la cortina para que entre la claridad del día y le proporcione la orientación en tiempo y espacio. Prende el televisor y sintoniza el mismo canal de tv abierta donde pasan el telejuego acostumbrado; modula el volumen al 15% y va al cuarto de baño.

Debajo de mí, está el lavamanos que lo sostiene un pequeño armario de madera con un cajón. En su interior está una pistola calibre 22 envuelta en un pañuelo rojo con estampado azteca.

Hace 3 años que se mudó a esta pocilga llamada departamento y cada que nos encontramos en la mirada, siempre es el mismo rostro, un rosto frío, congelado, sin sentimientos, sin empatía.

Después de cerrar la puerta del baño, nos miramos fijamente por algunos segundos, que a mi me parecen los últimos de mi vida. En esos lapsos, nunca he logrado identificar quien está ahí realmente. Me da la impresión de que es un alguien que hace muchos años se perdió en la oscuridad y no ha regresado, ni piensa hacerlo jamás. Poco a poco eleva su cara y me observa con mirada firme, con un deseo intenso de provocar terror, angustia, sufrimiento, humillación e indiferencia.

De pronto, su mano izquierda se mueve rápidamente, abre el cajón del pequeño armario y saca el arma, me la muestra retándome a pelear, pero sobre todo imponiendo su autoridad sobre la vida o la muerte. Congela su cuerpo por segundos, luego voltea al cajón y guarda el calibre 22. Se le escucha murmurar entre dientes:

-Siempre lista veinteañera, siempre lista…

Cuando comienza a mojarse la cara y el pelo, le sorprende la entrada de una llamada a su teléfono celular. Con voz golpeadora y firme, pregunta:

– ¿Quién es?

-Dame 20 minutos y ahí les caigo. Hoy lo terminamos.

Llanto viejo

Hoy cumplo 15 días rota. El 23 de noviembre todo lucía normal. Ella se levantó a las 6 de la mañana y sin mirarme, rápido se puso su ropa deportiva, una gorra y corrió al gimnasio de al lado de casa. Le vi entusiasta, tocada por una energía motivante. Pensé… quizás había llegado el momento de bajar de peso. Sonaba bien empezar con una rutina de ejercicio matutino.

Después de las 7:30 am, ella volvió. Sincronizó una bocina con su celular y puso música motivante mientras se despojaba de su ropa. Cuando entró al baño, puso sus ojos en mí, con evidente vergüenza e inseguridad. Recorrió su cuerpo con una mirada quisquillosa y criticona -pienso que lo hacía con la esperanza de ver un cuerpo modificado después de hora y media de ejercicio-. Volteó a verme y dijo con voz decaída y moviendo la cabeza de un sentido a otro:

-No te engañes, no te engañes.

Después de un suspiro profundo continuó…

-Tú tienes la culpa, maldita gorda.

Su rostro se nubló y sus manos se arrojaron al lavamanos. Ahora estábamos más cerca, podía sentir su aliento que me empañaba repetidas veces. Con una voz más violenta, expresó:

-Me das vergüenza, asco, repugnancia, mereces la soledad que vives. Nunca cumples lo que te propones. Das un paso adelante y tres hacia atrás. Olvídate del gimnasio y sigue igual, embarrándote de mierda en tu chiquero.

Su mirada me confundía, había violencia contra sí misma pero también podía distinguir tristeza y falta de amor propio. Sentí compasión por ella. No era justo lo que estaba viendo y escuchando. Me preguntaba ¿cómo una niña tan pequeña, noble, sincera, sonriente, pura en sus sentimientos y emociones, libre de prejuicios, se había convertido en esa joven que se autocastigaba tan cruelmente?

Levantó la cabeza y gritó con voz enojada:

¡Tu… ¿qué me ves?! ¡¿Qué estás mirando?! ¡Déjame en paz!

Y me soltó un puñetazo con su mano derecha. Quedé desfigurada desde entonces.

Ella se sentó en el suelo y de forma desconsolada comenzó a llorar con gran intensidad liberándose de llantos muy viejos que le acosaban constantemente. Después de unos minutos, se incorporó y me dijo:

-Perdóname. Es difícil, pero lo intentaré.

Luego, entró a bañarse.

Hasta la próxima, Nota del Autor

Autor: Jaime Gómez Castañeda

Doctor en Ciencias del Acompañamiento Humano, Psicólogo, Psicoterapeuta, Profesor (Universidad de Guadalajara), escritor, ponente en diversos eventos académicos. Un ser humano en constante crecimiento.

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