Toro de once

Mi secretaria me dijo: ¡Jaime, ya llegaron los boletos!

-¿Cuáles boletos?

-Los del toro.

-Oh, está bien. Comienza a llamar a los maestros para que vengan por el suyo.

-Ok.

Eran las 11:34 de la mañana aquel jueves 11 de mayo de 2004. Yo laboraba en el Bachillerato Tecnológico de Autlán y tenía a mi cargo el plantel. Era una mañana muy tranquila y yo estaba entretenido en algunos asuntos administrativos, pero alcanzaba a escuchar algunas voces que se escapaban por encima de las divisiones de Tablaroca; preguntaban:

-¿Vas a ir?

-Si, nomás que haré unos mandados y llegaré algo tarde.

Alguien decía:

-¿Que les parece si nos vemos en la esquina donde venden tenis, a la 12:45 pm?

En eso, entró mi prefecto y amigo Adrián López Vázquez y me preguntó:

-Boss ¿vas a ir? Parece que nos vamos a juntar unos 10.

Le respondí:

-Pues… no tengo muchas ganas, pero… si, ahí les caigo. Acabo de escuchar que se van a juntar faltando cuarto para la una.

Adrián se retiró a dar el timbre para el cambio de hora clase. Enseguida, hice pasar a mi oficina a un padre de familia que deseaba justificar algunas faltas de su hija.

Ese día, terminó la jornada laboral a las 1pm y nos retiramos. El día siguiente, 12 de mayo de 2004, solo habría clases hasta las 10:30 am, ya que el Ayuntamiento constitucional de Autlán (2004-2006), precedido por el Ingeniero Carlos Meillòn Johnston (1951-2019) tenía organizado un festejo a los maestros(as), que consistía en un Toro de once, y después, un recibimiento en el Auditorio Autlán.

Aunque soy oriundo de Unión de Tula, Jalisco, un pueblo a 45 minutos de Autlán, en dirección a la Ciudad de Guadalajara, no sabía exactamente a qué se referían con Toro de once. Lo más probable porque mi educación cultural no incluyó ese concepto, mucho menos la experiencia derivada del mismo. Además, en la Unión de Tula del 2004 no eran tradición esos eventos, al menos entre 1978 y 2004, según yo. En la actualidad -2021- desconozco si hay Toros de once.

En fin, ya había quedado en asistir a esa invitación y pues, solo me dije: Ahora vives en Autlán, “a la tierra que fueres haz lo que vieres”. Tomé mi apreciada laptop, la guardé en su estuche y puse en la bolsa izquierda de mi pantalón beige mi celular Nokia 1100, recién adquirido. Cerré la oficina y me fui a casa a descansar un poco ya que tenía que regresar a dar clases en la licenciatura de psicología del Instituto de Estudios Superiores de Autlán, ahora UNIVAG.

12 de mayo de 2004

A las 6 am, como era costumbre, sonó la alarma de mi celular. Era momento de incorporarse e ir al Bachillerato Tecnológico de Autlán: abrir las puertas de la escuela y cerrarlas a las 7am, ni un minuto menos, ni uno más. Esa era la regla que se debía seguir, fundamentada en el gran valor de la puntualidad. Ese 12 de mayo de 2004, tuvimos poca asistencia de estudiantes, muy probablemente porque ya se sabía que solo habría clases de 7am a 10:30am y quizás los papás prefirieron no llevar a sus hijos. Después de cerrar la puerta a las 7am, iniciamos con una formación en filas por grado escolar. El prefecto hizo la oración acostumbrada y luego todos a sus aulas.

El trabajo por la mañana solo consistió en hacer llamadas telefónicas a los padres de familia para cerciorarse de que los estudiantes no asistieron por “hacer la pinta”, sino por mandato de sus padres. Solo hubo dos casos de ausencia sin consentimiento de papás. De ahí en fuera, la mañana transcurrió muy tranquila.

Adrián hizo sonar el timbre de las 10:30, yo salí a pararme por fuera de mi oficina para decir un hasta luego a quien me encontrara dejando la escuela:

-Hasta luego: Max, Arturo, Zamora, José Guadalupe, Iván, Andoni, Laura, Joel, Aderli, Víctor “Colinas”, Zulema, Rubén Llamas Chávez (+), Juan Carlos Aceves, Víctor Barragán, Rayo…

Ya era hora, cerré la escuela y me fui a preparar para el Toro de once.

Aunque ya han pasado casi 17 años de aquella experiencia, aún la recuerdo casi perfectamente.

Entre los éxitos de Moenia y Tiziano Ferro, recorría Corona Araiza a la altura del Jardín de Niños Magdalena Arias. Portaba una gorra negra sin logo, una playera blanca con el estampado frontal de un tiburón abajo decía Mazatlán Sinaloa; iba desfajado sobre un pantalón de mezclilla ligero y amplio. Traía puestos unos tenis negros. Mi auto era un Chevy pop 1998, dos puertas, color azul. Como todo auto, tenía estero para CD, y bueno, ahí me tenían cambiando discos entre Moenia y Tiziano Ferro. Cuando pasaba por el cinerama Autlán, recordé súbitamente que recientemente había visto en una sala de Guadalajara Troya, una excelente película que se acababa de estrenar. El recuerdo se vio interrumpido con la entrada de un mensaje a mi Nokia 1100 que decía:

 “Boss ya estamos esperándote, ¿vamos haciendo fila?” Firmado por Adrián López Vázquez.

Di vuelta a la derecha para tomar Juárez y afortunadamente encuentré un lugar para estacionarme por fuera de pizzas George. Ya con el motor apagado, contesté el mensaje diciendo:

Estoy a una cuadra, vayan haciendo fila”.

Me puse mis lentes negros y me dirigí a la plaza de toros Alberto Balderas. En el camino, por la calle Cuauhtémoc, observé que la mayoría de los caminantes portaba sombrero, botas, camisa a cuadros, pantalón de mezclilla; algunos llevaban una especie de cojín y otros un cuerno forrado de cuero al cual le toman repetidas veces. No me engañaba, lo que portaba ese cuerno era una bebida alcohólica. Todas las personas que observaba iban risueñas, bromeando y con paso un tanto veloz, como si fueran con retardo en el tiempo. Noté que un hombre bigotón se acomodaba el sombrero y el que iba junto a él recorría su cinto un orificio más para que no se le cayeran los pantalones. Me di cuenta de la ausencia de niños y adolescentes, solo iban en la caminata adultos. De inmediato caí en la cuenta de que era un evento para festejar a las maestras y maestros y pues, mi observación estaba de más.

Aceleré el paso yo también. Sin fijarme en mi reloj, me dije: ellos tienen más experiencia que yo en estos eventos y seguramente hay que ir más a prisa porque se acaban los lugares. No sabía por qué, pero, pues… a la tierra que fueres haz lo que vieres.

Rápido llegué a la plaza de Toros y vi una fila como de 100 personas que se iba consumiendo ágilmente. Mis amigos, muy alegres, me hicieron la señal con su mano derecha de que ahí estaban formados. Correspondí y fui a formarme. No recuerdo quien me preguntó:

– ¿No alcanzaste a cambiarte?

Contesté riéndome un poco:

-Estoy cambiado.

Pero sabía a qué se referían mis amigos, me faltaba traer la ropa indicada: camisa a cuadros, sombrero, cinto (si fuera piteado mejor), jeans, botas, es decir, a la pura usanza ranchera. En la fila, platicamos un poco del gran y extenso itinerario de la tarde que nos esperaba: pasarla a gusto en el Toro de once y seguirla en el Auditorio Autlán, ahí iba a haber música de banda, refrescos, fritanga para comer y algo de cerveza. Los 5 que nos reunimos estábamos contentos y relajados.

Entre tanto, podía percibir en el aire, oleadas de distintas fragancias que no podía definir tanto su textura como su nombre. Era notorio que las maestras y profes, acudían con su mejor presentación. A mi espalda estaban formados una pareja de esposos docentes, noté que uno de ellos ya traía algo de ambiente en sus venas. Lo delataba su forma de hablar y un vaso de plástico con un poco de bebida. Ahí me di cuenta de que a la plaza de toros se podía ingresar en cualquier estado: desde sobrio hasta “medias tintas”. En sí, a pocos o a nadie, le importa como entres, ¡se trata de un Toro!

Yo no era totalmente ajeno al ambiente que se gestaba; en mi adolescencia era fan aguerrido de los grandes grupos y bandas del folclor regional de los 90´s: los Bukis, Yonic´s, Temerarios, Bronco, JBL y Compañía, Banda Machos, Cuisillos, El Recodo, Mi banda el mexicano, Recoditos, Grupo Liberación, Vallarta Show, Banda Toro, Los Mier, Los Caminantes, Ramón Ayala, Banda Maguey, Viento y Sol, Freddis, Grupo Samuray, entre otros más. Aunque no eran del contexto del que hoy hablo, este escrito me hace recordar también al rap de aquella década: MC Hammer, Vanilla ice, Technotronic, Caló, etc. Y entre este montón de sonidos también cito la música de trova cubana que, desde mi adolescencia, aún me acompaña. Estaba en el año 2004 y mis gustos musicales ya comenzaban a dirigirse a otros ritmos y melodías, sin embargo, no creo que se olviden las armonías que tocaron mi etapa de crecimiento entre la secundaria y parte de la universidad.

En menos de 6 minutos, la fila terminó, nos recogieron los tikets e ingresamos a la Alberto Balderas.  Era la 1:15 de la tarde y hasta ese momento, no me explicaba por qué, si se hacía llamar Toro de once, estábamos ingresando tan tarde no solamente nosotros, sino la mayoría de la gente. Conforme fuimos caminando para tomar una rampa al lado derecho que nos llevaría a la gradería, escuchaba con mayor potencia la música de banda que tocaba en el interior de la plaza. Alguien preguntó:

-¿Quieren una cerveza?

Al unísono todos levantamos el índice derecho a la altura del hombro para asentir. ¡Hombre, eran después de la 1:15 y el sol empezaba a calar! Algo refrescante nos ayudaría a regular la temperatura corporal ¿no? Fue entonces que antes de tomar dicha rampa, nos estacionamos en una barra frontal que te recibe cuando ingresas a la plaza. Todos con su cerveza en vaso comenzamos a subir la rampa, que no recuerdo muy bien si estaba cubierta con una alfombra verde o solo era de ese color -quien sabe. A la fecha, he acumulado poco más de 12 años sin ir, creo que, si hay alfombra o está pintada, es totalmente irrelevante para mí, pero para los que intentan subir o bajar con algunos grados de alcohol en su sangre, tal vez si sea importante saberlo-.

A unos 2 o 3 metros, aproximadamente, antes de ver el ruedo, observé que hay dos secciones de sanitarios: a mi izquierda el de caballeros y enfrente de éste el de damas. Para alguien que está tomando bebidas, en potencia, diuréticas, es necesario ubicar pronto los sanitarios. Bien, eso me dio calma porque sabía la ruta para una “evacuación orgánica inmediata”.

Llegamos a la parte alta de la rampa y de golpe mis párpados se abrieron más de lo habitual, al mismo tiempo que mi cabeza retrocedió algunos centímetros por la impresión. En ese instante recordé la primera vez que fui al monumental Estadio Jalisco a ver jugar a los Gallos de Jalisco, en la década de los 90. Aunque las dimensiones de ambas construcciones son muy diferentes, el pararse en uno de los bordes de un cono aplanado en su punta, si es impresionante y me atrevo a decir, impresionante para todos, ya que, en el andar cotidiano, no estamos acostumbrados a observar grandes dimensiones en construcción, mucho menos, estar en el interior de una como esta. Con mi mano izquierda sosteniendo mi cerveza hice un recorrido ocular rápido a toda la circunferencia de la plaza, tan rápido que no puse atención en los detalles y me centré en la banda musical. Pregunte a mis amigos

-¿Qué banda está tocando? Adrián me contestó:

-Es la banda municipal Autlán.

Solo respondí moviendo mi cabeza como diciendo Si.

Desde que recuerdo, la música me ha encantado. Ver su ejecución en vivo y admirar como se sincronizan las notas que dan los instrumentos que están afinados en tonos distintos, es majestuoso, y más, cuando no hay errores y el resultado es una interpretación que te pone la piel de gallina. Para mí, es perfección.

Uno de mis amigos me saca repentinamente de mi alucinación visual-auditiva y pregunta:

-¿Dónde quieren que nos sentemos: en la sombra o el sol?

Una de las maestras dijo: en el sol ¿no?

La mayoría nos decidimos por la sombra, así que tomamos dirección a nuestra izquierda para ubicar un lugar de media a alta gradería. La plaza de Toros Alberto Balderas tiene un cupo para 6,200 personas. En temporada del Carnaval Autlán, se dice que logra ese cupo 3 veces al día. Cosa por demás impresionante, digna de sus más de 190 años de tradición. En esa tarde, del festejo del día del maestro, no había tanta afluencia, yo creo que cuando mucho, habíamos coincidido algunos 1000 o quizás 1500 personas, aproximadamente. Para mí, que era la primera vez que pisaba ese recinto, era totalmente indiferente saber cuántos estábamos reunidos.

Fue entonces muy fácil ubicar la fila 14 para sentarnos. Era la 1:30pm y yo me dedicaba a observar los detalles de aquel contexto que era nuevo para mí. La banda Autlán tocaba algunos éxitos de la banda El Recodo  y La Arrolladora; abajo, en el ruedo, específicamente en el que llaman “el cajón de los sustos”, se preparaba un jinete para montar un toro voluminoso. A unos metros de ahí, estaba una persona animando el ambiente con un micrófono en mano: enviaba saludos, felicitaciones, daba valor a los jinetes y reconocía las montas que le parecían perfectas; pero ante todo, no ocultaba la consigna de animar el evento a favor de la planta docente de Autlán.

Por mi desconocimiento de los rituales que conforman el Toro de once, no entendía por qué tardaba tanto la preparación de un jinete para montar a su toro, fácilmente pasaban algunas 5 canciones para que el animador gritara ¡puertas! momento de liberar al toro del cajón de los sustos con el jinete sobre su lomo. El tiempo de preparación del jinete era desproporcional a la duración de la jineteada. Esta duraba sólo algunos reparos, concluía cuando el jinete salía botado del lomo del toro como ##Me llamaba la atención que cuando, inesperadamente, el animador gritaba ¡puertas! la banda musical interrumpía repentinamente la pieza que interpretaba para rápidamente tocar un son y acompañar la ejecución de la monta.

Al anotar este último punto y aparte, se me ocurre una respuesta a mi duda sobre el tiempo extenso de preparación de una monta: simplemente imagino que el tiempo que se invierte preparándose para montar semejantes “torototes” es el adecuado para reunir el valor que se requiere para realzar tal actividad extrema, que puede concluir en un accidente mortal -pero por mi desconocimiento, lo más seguro es que haya otras explicaciones más especializadas-. Solo recuerdo 3 o cuatro jineteadas, las cuales reconocimos todos con aplausos de admiración y reconocimiento. Posteriormente, como una hora y media después, se nos invitó a seguir reconociendo y apoyar a esos jinetes con una aportación voluntaria depositada en un sombrero nómada.

A la 1:45 de la tarde, aproximadamente, ingresó al ruedo el presiente municipal en turno junto con dos o tres personas más, llevaba un micrófono. Se trataba del Ingeniero Carlos Meillón Johnston (1951-2019) que deseaba compartir algunas palabras a los docentes ahí reunidos. El presidente nos felicitó amablemente y reconoció la labor que desempeñamos en los distintos niveles educativos; nos dijo que la pasáramos a gusto, luego fue interrumpido por una persona en la tribuna -no sé si era docente o no- sinceramente no supe quien era. Le dijo algunas palabras entre reclamo y ofensas. Para mí, aquella intervención estuvo fuera de lugar. Definitivamente llamó la atención de todos. Observé que algunos se rieron de lo que decía el sujeto, otros se asombraron mientras que unos asentían con la cabeza y rostro humillante. Después que el personaje dijera su conjunto de palabras soeces, el ingeniero respondió un tanto molesto, podría decir, que se enganchó con el tipo y en mi vaga memoria, creo que hasta retó al sujeto a bajar de la gradería. El ingeniero tenía apenas algunos meses de presidente y tal vez el ambiente poselectoral aún estaba un tanto candente -quien sabe-. En fin, fue un paréntesis en medio del Toro que tuvo sabor agridulce. El ingeniero se despidió y continuó el Toro.

No sé si para bien o para mal, pero lo que había ocurrido desató un sinnúmero  de comentarios y murmullos que pronto se diluyeron en el siguiente sorbo de cerveza.

Llegaron las 2:30 de la tarde, el ambiente seguía organizado de la misma forma: música de banda a un alto volumen, jinetes esperando su turno, un animador, un montón de cubeteros vendiéndonos la cerveza al costo, dos personas de cruz roja tras una barrera de madera en el ruedo; lo que había cambiado era la cantidad de vasos en mano de muchos asistentes. Como la cerveza se sirvía en vasos de plástico, se acostumbraba a poner el vaso con la nueva cerveza sobre el vaso que había contenido la cerveza anterior, de tal modo que algunos podían presumir que habían consumido suficiente cerveza por la cantidad de vasos acumulados haciendo una torre con ellos y coronándola con la cerveza actual. No sé si aún siga esa costumbre. Imagino que ahora, por motivos ecológicos, solo se permite rellenar el mismo vaso una y otra vez -desconozco-.

Hay algo en este tipo de eventos que termina envolviéndote hasta conectar con estados de ánimo relajantes y felices, a pesar de que no forme parte de tu cultura o tus tradiciones y aunque no congenies con ese estilo de diversión. Me he dado cuenta de que muchas personas de diferente país y estatus social disfrutan este tipo de eventos cuando vienen al Carnaval o por casualidad les toca estar en Autlán en un día en el que hay un Toro de once o nocturno. Todos terminan tocados(as) por la Alberto Balderas.

No quiero justificar al alcohol como el ingrediente secreto que hace el resto de la magia, yo creo que el Toro de once es un escenario para escapar de los horarios, la rutina, la formalidad ya que nos pone a todos en la frecuencia de la diversión, el convivio y el desestrés. Ahí todos se dan cuenta que merecen divertirse, no importa el rango o el título que lleven puesto en la sociedad. Si te paras en tu asiento a bailar nadie dice nada, al contrario, tu actitud puede ser la motivación perfecta para que otros se paren y hagan lo mismo junto a ti. Si alguien da muestras de que sus venas ya no transportan sangre, sino alcohol, no hay problema, es aceptado(a) siempre y cuando no se sobrepase con nadie. El Toro crea una atmósfera especial: hay más sonrisas, muchas manos que se estrechan, demasiados abrazos, surgen antiguos conocidos que te reconocen desde el otro extremo de la gradería y te invitan una cerveza, levantan su bebida a la altura de su cara para decirte ¡salud! En el Toro, hay nacimiento de amistades y es un sitio propicio para el encuentro de miradas extrañas que luego se hacen citas. El toro de once es parte de la cultura mexicana con todo y sus contradicciones, porque el drama mental del ser humano así es también, contradictorio. Divertirse sanamente en un Toro de once es el propósito ideal para no empañar la experiencia con recuerdos vergonzosos pintados por el alcohol.

Faltando 15 para las 3pm, decidimos salir del Toro e ir al Auditorio Autlán a comer. Todos íbamos en nuestros cinco sentidos. Fuera de la plaza, comencé a experimentar como mis oídos dejaban de aturdirse por el ruido, mientras caminábamos por Bárcenas.

En memoria de:

Ex presidente de Autlán Ing. Carlos Meillón Johnston

Ex alumno del BTA joven Rubén Llamas Chávez

Algunas veces coincidimos en la mirada, otras, en una conversación y en un apretón de manos.

Autor: Jaime Gómez Castañeda

Doctor en Ciencias del Acompañamiento Humano, Psicólogo, Psicoterapeuta, Profesor (Universidad de Guadalajara), escritor, ponente en diversos eventos académicos. Un ser humano en constante crecimiento.

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