La terapia de un hombre explosivo

Cierto día llegó a mi consultorio un joven de 24 años. Expresaba que tenía un mes intentando controlar su temperamento, ya que se consideraba una persona totalmente explosiva y que su novia, de 22 años, con quien mantenía la relación desde hace 1 año, ya se lo estaba haciendo ver, al grado de que le advirtió, que, si no cambiaba su forma de ser, terminaría el noviazgo.

– ¿Qué hago Jaime?

Me preguntó con sus manos entrelazadas, sus codos en sus rodillas, su espalda encorvada y un semblante rígido como esculpido por un herrero. Su mandíbula abría y cerraba de manera robótica dejando escapar el aliento que venía de sus palabras.

Le dije:

-Necesito que me hables más acerca de lo que llamas totalmente explosiva.

-¿Cómo, no te entiendo?

-Mira, si tu me dices, totalmente explosivo, entenderé que todo el tiempo y en cualquier circunstancia eres explosivo, inclusive cuando estás dormido, te estás bañando o estás haciendo alguna actividad que disfrutas. Me gustaría, para empezar, que definieras en qué momentos te has descubierto explosivo. Y también si esas explosiones las compartes con otras personas que no sean tu novia. ¿Me doy a entender?

-Si, si como no. Por ejemplo, cuando estoy con mis amigos conviviendo, puedo soportar cualquier broma que me hacen, hasta las más pesadas que puedas imaginarte, y no me enciendo, no exploto. De hecho, hasta donde me acuerdo, nunca he sido explosivo con ellos, quizás porque los estimo. Pero eso sí, si alguno de mis amigos está en problemas con alguien, estallo de inmediato y trato de ayudarle a poner en paz la situación, aunque me lleve a los golpes o a reaccionar de otra forma violenta.

Otro ejemplo es, cuando voy con mi novia no me agrada mucho que la volteen a ver. Siento cómo mi sangre comienza a fluir más rápidamente por mis venas y el corazón toma un ritmo acelerado. A partir de ahí, mi estado de ánimo cambia. Ya no soy el mismo.

No sé por qué, pero me gusta ser una persona protectora que da todo de si, tanto a mi familia, mi novia y los amigos.

-Oh… entiendo. En este momento que recuerdas esas situaciones de tu vida, ¿cómo te sientes?

El joven, frunciendo el ceño, responde:

-¿Cómo me siento? ¿cómo?

-Sí, ¿qué emociones experimentas?

-Pues…primero… me siento raro que preguntes eso. Casi nadie cuestiona mis emociones. Me siento… confundido. Eso es, confundido. Como no saber qué hacer.

-Comprendo. Mira, te invito a hacer un ejercicio terapéutico. Vamos a ponernos de pie. Junta tus piernas y con tus brazos simula que te das un abrazo. Trata de que tus brazos envuelvan lo más que se pueda tu espalda. Con tus dedos avanza en tu espalda, intentando alcanzar los dedos de tu otra mano. Si te das cuenta, es un abrazo intenso, a presión.

– ¿Qué experimentas?

-Siento cómo mi pecho se presiona con el esfuerzo que hago.

-Intenta tocar tus manos en tu espalda, así como estas, por 20 segundos más. Yo contaré por ti mientras tu cierras tus ojos y pones atención a lo que ocurre en tu cuerpo y mente.

Al cabo de 20 segundos, el joven soltó sus brazos y pregunté:

– ¿Qué experimentaste?

-Mi cuerpo se cansó, quedé agotado, sentí un nudo en la garganta y la necesidad de llorar; en mi mente solo estaba la idea de “controlar la situación y llevar esto al límite”.

-Cuando estimulamos nuestro cuerpo con un fin terapéutico, las emociones y el pensamiento responden de inmediato. Nos dan señales y rutas para salir de las incógnitas que perturban la propia vida. Un autoabrazo puede significar miles de cosas. Un llanto, también. Te propongo que exploremos esta experiencia hasta donde sea permitido.

-Desde luego.

-Muy bien. Escucha esta pregunta: ¿Qué pasaría si regalas un abrazo a tu novia que dure 24 horas?

El joven pone cara confusa.

-Si, estar pegados en el abrazo por 24 horas y de pie. Lo mismo, imagina con alguno de tus amigos. ¿Qué ocurriría?

-Abrazar y no soltar puede ser una paradoja que nos hable del apego y la libertad. Muchos seres humanos padecen de algo que se le ha llamado apego ansioso que está relacionado con la forma de relacionarse afectivamente.

Los abrazos son efímeros. Pero a veces quisiéramos que duraran por siempre, aunque ello implique ser una persona protectora al límite, es decir, mostrar comportamientos controladores con matices de violencia.

Las reacciones explosivas pueden recordarnos el apego ansioso que aprendimos cuando éramos niños. Esta, es una posibilidad.

Aprender a abrazar y soltar (aunque vaya de por medio el llanto), es respetar la libertad del otro(a). Abrazar y no soltar, sería algo así como, dar liberad condicional a nuestros seres queridos. Cuidado con esto.

Estimadas amigas y amigos, esta es una posibilidad para comprender algunas actitudes explosivas.

El joven de 24 años es un personaje ficticio. Ninguna historia de mi consulta privada estará en estos relatos. Las técnicas psicoterapéuticas que se citan son hipótesis de trabajo experimental con sustento teórico.

Hasta la próxima, Nota del Autor.

Relatos del consultorio

Autor: Jaime Gómez Castañeda

Doctor en Ciencias del Acompañamiento Humano, Psicólogo, Psicoterapeuta, Profesor (Universidad de Guadalajara), escritor, ponente en diversos eventos académicos. Un ser humano en constante crecimiento.

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