Memorias

Amigas y amigos, les comparto este relato que escribí hace casi 10 años.

30 de diciembre de 2012

Hoy es mi tercer día como peón de albañil. He elegido esta noble tarea al mirar que el albañil que hemos contratado para hacer una barda trabaja solo, sus peones le han quedado mal, él dice que, “seguramente no necesitan el dinero”; en fin… yo estoy de vacaciones y no me cae nada mal quemar unas calorías realizando ese viejo oficio que en el pasado practiqué con mi papá.

I

¡Ya levántense!

Son las ocho de la mañana, me preparo para salir a trabajar. Busco un pantalón de mezclilla desgastado, tenis viejos, playera azul y una gorra negra. Este ritual me recuerda el famoso: “mijos ya levántense”, “Jamito ya levántate”, que comúnmente oía a las 6:00 de la mañana cuando íbamos, mis cuatro hermanos y yo, a trabajar en la obra con mi papá albañil. Es difícil no asociar estos recuerdos cuando se va a practicar más o menos la misma tarea en tiempos actuales.

Aquellas mañanas de mis 17 años, cuando oía esa voz entrar por la ventana de mi dormitorio, mi cuerpo se irritaba y deseaba dormir más, me envolvía con las cobijas e imaginaba que estaba soñando, pero después de 3 minutos alguno de mis hermanos encendía la luz, abría cajones y entonces me daba cuenta de que era real, debía levantar de la cama 70 kilos de flojera, vestirme e ir a trabajar.  Si era mi hermano mayor José Manuel el que entraba a la habitación, veía su espalda vestida con una camisa desfajada, sentado en la segunda cama agachado buscando sus zapatos o amarrando sus agujetas con su mano izquierda. Siempre se levantaba de buen humor.

Después de hacer el tremendo esfuerzo para incorporarme, vestía ropa desgastada y salía del cuarto para toparme con la oscuridad matutina y el tremendo frío que se arremolinaba en el patio destechado. A veces, por suerte, me cruzaba con Flavio -mi primer hermano menor- que ya iba bromeando con mi hermano Fernando, rumbo a la cocina, para tomar el tradicional “cafecito” que amorosamente preparaba nuestro padre o mamá.

Entre el buen humor que compartíamos mientras bebíamos café, casi estoy seguro de que todos mis hermanos anhelábamos que cayera la lluvia para volver a las camas, ya que, en otras ocasiones sucedía y el trabajo se cancelaba, pero era raro que nos sorprendiera el Dios Tlaloc por las mañanas. Todos disfrutábamos la bebida, es más, queríamos que la taza jamás se vaciara para seguir calientitos en casa. Mi papá, sorbía su café sentado frente al televisor que transmitía noticias y en lo menos esperado ya no estaba ahí, sino encendiendo el motor del Ford Fermon o, cuando tocaba, el de la camioneta Chevrolet de los 80´s. Entonces bebíamos rápidamente lo que quedaba de café y corríamos al vehículo. Cuando no lo hacíamos, un par de toques en el claxon hacía que nos apresuráramos.

Si tocaba viajar en la camioneta, tres de nosotros lo tenían que hacer en la caja, a la intemperie total, una experiencia friolenta al máximo pero gozando de un gran cielo estrellado . Si nos trasladábamos en el Fermon era fantástico: intentábamos dormir 15 minutos e íbamos un tanto calientitos. Pero era un engaño, nadie dormía. Cerrábamos los ojos y en la mente íbamos recorriendo kilómetro tras kilómetro la carretera. Perfectamente nos dábamos cuenta cuando mi papá giraba a la izquierda para entrar a San Agustín. Pero bueno, aunque era una ilusión el querer dormir más, lo intentábamos.

Al llegar al sitio de la construcción, algunas veces nos cambiábamos de ropa, nos despojábamos de la que llevábamos y poníamos la del trabajo. Terminada la jornada, volvíamos a hacer el cambio.

II

“Ya saquen sus manitas”

Cuando salgo de casa para ofrecer mi ayuda como peón, el albañil, más joven en edad que yo, arnerea arena de río para preparar la mezcla que se usará en el pegado de tabiques. Luego, entre ambos, acercamos 76 ladrillos para hacer la tarea del día. Inmediatamente inicia la pega de tabique. Por mi parte, asumo el papel de ayudante o peón de albañil para hacer el trabajo más fácil y rápido. Arrimo ladrillo, mezcla y me ofrezco para mover el andamio.

Recuerdo casi perfectamente las indicaciones que mi papá nos daba: tantas paladas de arena, tantas de la otra, poner cierta cantidad de cal, de cemento, cortar ladrillo, azulejo, hacer rosca a los tubos galvanizados, juntear, hacer mezcla en el cajón, lavar las herramientas, formar revoltura para colados, diseñar castillos, colar arena, recoger escombro, sacar niveles con la manguera, etc.

En una ocasión, que tocó trabajar en el rancho Palo Blanco, bajamos del Fermon todos tullidos de frio, que ni las manos nos atrevíamos sacar de los bolsillos -quien sabe qué tiene ese rancho que, en tiempos de frío, la temperatura baja demasiado-. Mi papá dio la orden de preparar mezcla para hacer un cimiento. Flavio solo deambulaba como un fantasma alrededor de nosotros con las manos en las bolsas de su pantalón –era comprensible, hacía demasiado frío-. Mi papá observó tan desafortunado comportamiento que lanzó una orden fulminante:

─ ¡Flavio ya saca tus manitas de las bolsas y ponte a trabajar para que se te quite el frio!

Flavio, acató la orden de inmediato, sacó sus manos y se dispuso a ayudarnos. En aquella ocasión hicimos mezcla en una fosa cuadrada de algunos 40 centímetros de profundidad. Entrar al ritmo de trabajo de mi papá era desgastante, porque a mi juicio, él era muy exigente consigo mismo, hasta diría que, un tanto perfeccionista pues trataba de que sus trabajos quedarán lo mejor posible. Ahora, en 2022, puedo decir que fue un hombre multitarea, ya que no solamente ejercía el oficio de albañilería con gran profesionalismo, sino también los de: fontanería, electricista, herrería, mecánico y diseñador de casas. En contadas veces le veía por las noches haciendo bosquejos arquitectónicos a mano, que después se materializaban. Él decía:

─ Yo puedo construir una casa desde los cimientos, hasta entregarla habitable, con todos los servicios.

Si trabajábamos con mi papá, sabíamos que la jornada laboral iniciaban a las siete o siete treinta de la mañana con un receso para almorzar de treinta minutos, entre las diez y diez treinta y cerrar la jornada a las tres de la tarde.

Trabajar como peón o ayudante de albañil puede llevarte a dos caminos: uno, dominar el puesto y quedarse ahí, como peón; dos, avanzar al siguiente nivel: ser albañil. De mi parte, puedo decir que solo recorrí el camino número uno, nunca me visualicé como maestro de obra, tal vez, porque nuestro padre jamás insistió en enseñarme el oficio. Sí hubo lecciones, como la de pegar ladrillos de bóveda, pero en eso quedaron, solo lecciones. No les di seguimiento. Mi padre y mi madre insistían más en que siguiera estudiando, lo mismo pensaban para el resto de mis hermanos y hermana. Hace unos días mi mamá dijo que nuestro padre quería que siguiéramos estudiando para que no trabajáramos en pleno sol, como a él le tocó. Y lo lograron.

Volviendo a la construcción de mi barda… son las 12 de la tarde, lo que indica en el argot de la construcción que son “las once”. Así es, hay una hora de retraso que cultural y científicamente me es difícil explicar. Cuando el reloj marca las 12 de la tarde, es común que alguien de la obra diga: son las once ¿quién va a ir por las cocas? En mi caso, fui a la tienda a comprar un refresco para el albañil, tal como lo marca el canon albañilesco. Me sentí contento al recordar la vieja tradición y volverla a revivir en casa.

Híjole… cuántos recuerdos me vienen de aquellas “once” que disfruté con mi papá. Tomábamos envases de litro y medio y las surtíamos en la primera tiendita. “Las once”… siempre nos regalaban fuerzas, desestrés, buen humor y un retardo significativo de la comida. A veces, “las once” tocaba compartirlas con algún visitante a la construcción. Vaya… sí que nos hacía efecto ese golpe tremendo de azucar.

Agradezco infinitamente a mi padre, nunca ofrecernos licor en “las once”. Fue un gran ejemplo el no verle involucrado con el alcohol. Los únicos vicios que le conocí fueron: trabajar en la obra, ser agricultor, comprar herramientas para el trabajo y siempre, siempre ocupar parte de su tiempo en crear algo.

III

Arte y pasión

El albañil pone mezcla donde pegará el siguiente ladrillo. Toma el tabique con sus manos y coloca mezcla en un extremo de este, lo baja y acomoda dándole golpecitos en la parte superior para alinearlo al hilo azul que define el nivel exacto de la hilera.

El oficio de la albañilería es arte y pasión, así me lo mostró mi papá. Y aunque me gusta resaltar las cualidades de otros albañiles, nadie, absolutamente nadie ha sido mejor que mi papá; para mí, él fue y será el mejor, el más cuidadoso, honesto, trabajador, humilde, respetuoso con sus patrones, respetuoso con su herramienta de trabajo, responsable, cumplidor, tenaz, fuerte fisca como mentalmente, inteligente, ingenioso, creativo, habilidoso y perseverante. La pasión que imprimía en todos sus trabajos era notable. Sus trabajos reflejaban arte.

Alguien que hace de la albañilería su pasión, se hace de herramienta nueva e innovadora para realizar su trabajo lo mejor posible, además, también es capaz de inventarla para facilitar su oficio. Mis hermanos y yo, sabemos de esta asombrosa cualidad. Mi papá tenía un taller o, mejor dicho, una fábrica en pequeño donde materializaba sus ideas, muchas de ellas, se relacionaban con herramienta innovadora. Fabricó: andamios de herrería, arcos para sostener bóveda y dar figura, ventanas, columnas, pequeñas estructuras para sostener y prensar las cimbras, etc.

Alguna vez escuché que, si mi trabajo lo realizo con pasión, quiere decir que estoy en el lugar correcto. Mi papá, con sus oficios, de alguna manera me ayudó a descubrir que estoy haciendo lo correcto, lo que amo. El construyó casas, hizo un sinnúmero de reparaciones en muchos hogares; mi pasión y arte es ayudar a otros seres humanos a construirse a sí mismos y a ayudar a autorrepararse. Para mí, su legado está vigente y lo estará por siempre.

IV

Enseñanzas compartidas

Son las cinco de la tarde con treinta minutos, es la hora de terminar la jornada. Estoy exhausto y digo la famosa frase que se ha parafraseado de mil maneras y que todo trabajador de la construcción desea escuchar:

─ “Ya estuvo por hoy”.

El albañil responde:

 ─ Si ya estuvo.

Sin emitir una sola palabra, los dos comenzamos el antiguo ritual no verbal de recoger las herramientas de trabajo, lavarlas y llevarlas a su resguardo.

Como dije, el “ya estuvo” puede parafrasearse de mil formas. Por ejemplo, a mis hermanos y a mí se nos hacía tarde escuchar de mi papá: ─ Laven las cosas. Sabíamos que era la frase inequívoca de cerrar el día laboral e irnos a jugar, porque descansar no. Cuando se está entre los 17 o 19 años lo que se quiere es vivir, disfrutar, convivir.

Hoy, hace cuatro años, mi padre dejó de existir en la tierra. Muy seguido, me visita por las noches en mis sueños. Siempre se le ve sonriente, jovial y con vida. Mi padre sigue vivo y feliz en otro lugar que creo es mejor que este.

26 de marzo de 2022

Autor: Jaime Gómez Castañeda

Doctor en Ciencias del Acompañamiento Humano, Psicólogo, Psicoterapeuta, Tanatólogo, Académico (Universidad de Guadalajara), escritor, conferencista, Podcaster, Booktuber.

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